Expresión Libre

sábado, 5 de noviembre de 2016

Mujer Salvaje


Meow María

Soy la mujer salvaje
La mujer jauría
Soy un cardumen
Una parvada
Soy una estampida de alaridos
En sincrónica discordancia
Soy una mujer que implota
Como erupción volcánica
Soy promiscuidad indómita
Impúdica desnudez
Soy la dueña de mi nicho selvático
Que dentro de mi sexo convexo
Soy reverso y anverso
En anacrónico vaivén
Soy cántico de amazona
Cuando me convulsa la voz
Y galopa en mí la noche
Como garganta desbocada
Como cabalgan en mi boca
Los plácidos sonidos de la antropofagia
Y te devoro con mí flor carnívora
Cuando el pulso de mi vientre reverdece
Y florezco como orquídea salvaje

Crítica de sentido


Samuel Rodríguez

La crítica implícita de ésa vaca
conmueve lo profundo:
dónde nacen los supuestos
Mastica alfalfa
como si no existiera el tiempo
ni la historia
como si ésa fuera su función sustantiva
mientras su dueño
la prepara diligentemente
para la muerte
No me canso de encontrar postales
como éstas
dónde la realidad
no parece filo cortante
sino crítica de sentido

El poeta de ojos tiernos


Cynthia Patricia Rodríguez Romero

Un alma llena de bondad, inteligencia y sabiduría.
Fiel y disciplinado en su doctrina.
Todas las mañanas, cuando empezaban a verse los
primeros rayos del Sol, a la hora que las mujeres salían a
comprar leche fresca, pan recién horneado y tortillas
calientitas, lo veían pasar puntual y apresurado,
apoyándose de su bastón, para recibir la primera
comunión de cada día.
Sus ojos eran espejos de amor,
su voz de ternura y su canto era poesía
para todos los oídos que a lo lejos lo escuchaban.
Su sonrisa era una de sus tantas cualudades.
Buscaba siempre la manera de transmitir la palabra
a todo aquel que estuviera a su alcance.
Leía diariamente en voz alta,
hablaba poco, pero sus palabras
eran portadoras de fe, paz y admiración.
Consagraba sus noches sabatinas
para contemplar a su amo,
siguiendo firmemente
su ritual de crecimiento espiritual.
Los niños, adultos y jovencitos buscaban su compañía,
ansiaban escuchar sus palabras, su interpretación y
transmisión de amor.
Las venas de sus delicadas manos, reflejaban el duro
trabajo de tantos años y sus pasos interpretaban el
esfuerzo de su largo caminar.
Cuando tenía oportunidad, doblaba sus rodillas para
sentar en cada una a los pequeñitos;los enseñaba a rezar,
les hablaba del sagrario y de Jesús, el rey de los judíos.
Su actitud lo convertía en un poeta, sus años en sabio y
su entrega hacia los demás en un alma purificada.
Pablito, un noble e inocente monaguillo, una mañana lo
escuchó llorar frente al altar...
Se acercó silenciosamente a consolarlo, lo abrazó y besó.
El poeta de ojos tiernos, como muchos lo llamaban, tocó
las mejillas de aquél niñito y secándose las lágrimas sonrió.
_¿Por qué llorabas? Preguntó Pablito.
_De felicidad, inmediatamente respondió.
_Frunciendo su frentecita, volvió a preguntar...
¿Se puede llorar de alegría?
_Por supuesto, y más cuando Dios se hace presente en una oración.
Después de aquella pequeña charla, el poeta tomó la mano
de Pablito y juntos empezaron a rezar.
El tiempo transcurrió, hasta que las campanas
comenzaron a sonar de menor a mayor intensidad.
Cuando Pablito abrió los ojos, el poeta a lo lejos
comulgaba. La ceremonia estaba terminando.
Cuando Pablito se levantó, sintió que algo se cayó...
Era un hermoso corazón de cristal. Al abrirlo descubrió
unas bellas palabras grabadas; “Hoy te regalo mi corazón
para que te acompañe a donde quiera que vayas,
tu misión será elegir el mejor lugar”.
Luego de unos días, Pablito reaccionó preocupado,
porque dejó de ver, como todos los días a su viejo y
querido amigo, y por más que lo buscaba, nadie sabía nada.
Los días siguieron avanzando, hasta que un domingo por
la mañana, una carroza blanca,
elegante y blindada entró al lugar de oración.
Un cántico celestial amenizaba el encuentro que nadie esperaba.
El poeta de ojos tiernos, estaba junto a Dios, como todos los días
por la mañana, pero ahora de manera espiritual.
Pablito no lo podía creer, lloraba de manera incontrolada...
Hasta que una profunda paz invadió su corazón.
Bajó lentamente su mano y tocó su corazón de cristal.
Leyó nuevamente aquellas palabras y comenzó a cantar.
Cuando estuvo frente al ataúd de su amigo,
tocó a través del cristal el rostro del hombre del que aprendió tanto,
y a su costado le dejó una flor con otro recado:
“Te ha tocado irte, mi querido amigo,
pero siempre te recordaré y llevaré dentro de mi ser, a ti...
Mi maestro, mi poeta de ojos tiernos”.

Tardé solo dos minutos en escribir la última estrofa


   Elena Aguilar

Durante estos cuatro años, he caminado alrededor con las piernas amoratadas y marcas de mordidas en los brazos. He dejado que el viento y una que otra almohada ajena arreglen mi cabello con un look natural.
 
Durante estos cuatro años he permitido que tu tacto abandone los poros de mi piel, una o dos noches por semana, cada vez que compro un boleto redondo a las paradisiacas playas de mi propio egocentrismo.
 
Durante estos cuatro años, te he escrito más de mil quinientos versos, he leído más de doscientos libros y he tenido aproximadamente doce accidentes. Toma esto último como mejor lo puedas digerir, no daré detalles, esta vez se trata de un sencillo recordatorio numérico de que la tierra sigue girando.
A estas alturas, ya olvidé la fecha exacta de la última vez que me viste de esa manera.
A estas alturas, solo queda conmigo la sombra sonora de lo que fuiste alguna vez, mirándome con un cigarrillo entre las cuerdas, recargada en la pared a quince centímetros de la ropa sucia que use el día de ayer para una cita.
 
Son las nueve con cincuenta y cinco de una noche lluviosa en el cuarto jueves del mes de junio, hoy acepté quien eres, lo que significa la aparición de un personaje como tú en mi vida y estoy noventa y nueve por ciento segura de que no eres para mí.

De los miedos


Guillermo García Galeno

_ ¿A qué le tienes miedo?
A la oscuridad.
_ ¿Es eso o a imaginar
que algo te puede atacar?
Mmm, bueno sí, a que algo
Me haga daño.
_Entonces no le temes a la oscuridad.
Si lo piensas así, no, no le temo.
_Le tienes miedo a la imaginación.
¿Cómo le voy a tener miedo
a la imaginación?, es absurdo.
_Tú lo acabas de decir.
¡Te estoy diciendo que no!
¿Quién le va a tener miedo a imaginar?
_ ¿Duermes con la luz prendida?
Algunas veces
_ ¿Algunas veces o casi siempre?
Casi siempre
_ ¿casi siempre o siempre?
Siempre
_Entonces duermes con la luz prendida.
...si
_ ¿Por qué?
Porque…
_ recuerda que no le tienes miedo
a la oscuridad.
mmm… noo
_Temes imaginar que…
Me tengo que ir.