Expresión Libre

sábado, 5 de noviembre de 2022

Soy / Enrique Guízar

 

Soy el verde en el uniforme

del idiota asesino

peleando ignorante la inútil guerra de su majestad.

Soy el blanco en la piel del que oprime

a mi “paisa” el mojado.

Soy el rojo en la sangre

del dios que impusieron

con sable y fusil a nuestros ancestros.

Soy la bandera invertida,

invertida la cruz.

Soy el cansancio del campesino

la desmotivación del obrero;

la sequía y el desempleo.

Soy la vergüenza del salario mínimo,

la esclavitud disfrazada de trabajo digno.

Soy la demagogia en el grito de independencia

soy el laberinto de la soledad.

Soy el nepotismo y el beso de Judas

la incongruencia de los intelectuales

el sarcasmo de los artistas.

Soy Santa Ana vendiendo su patria

la muerte en vano de Villa y Zapata.

Soy la fe del obispo pederasta

y el precio de la extremaunción.

Soy el amor honesto de las prostitutas

la noche triste sin árbol del presidiario.

Soy lágrimas ácidas de un cielo contaminado

el que no tranza no avanza

y el cielito lindo.

Soy la cucaracha

que no camina sin la mariguana

otro revoltoso asesinado por el estado.

Soy las ruinas ancestrales que no se encontraron

y los monumentos de cabeza hueca.

Soy el estanque de la decepción

la pasividad, un mal interprete de la rebeldía.

Soy la Malinche, el hijo de la chingada.

Soy Todos y Nadie, soy México…

y me doy asco.

Zombis / Samuel Rodríguez

 

Fuimos padres algún día.

Descubrimos la alegría y la agonía;

todo a gran escala.

Acompañamos a nuestras hijas en la ambulancia.

Les tomamos la mano para que no se asustaran.

Les dijimos que todo iba a estar bien,

que no debían preocuparse por nada.

Nos derretimos de ternura en la noches

cuando se levantaban llorando

y se dormían en nuestros brazos.

Parecían galaxias con esperanza de vida eterna.

Pero murieron. Todas al mismo tiempo.

y con ellas murió toda nuestra alegría.

Nos quedamos solos,

vagando en este planeta como una especie primitiva

sin ningún rasgo de personalidad.

Sin ideas.

Sin tareas pendientes ni futuro.

Condenados a ser carne muerta

pero con vida.

Los “Sin Sombra” / Elizabeth RH



Así se conocen realmente. No son ni “marcianos”, ni

“extraterrestres” ni “seres inter-espaciales”; son los “Sin

Sombra”, o los S.S. para aquellos que quieran ahorrar

saliva. No se sabe si vienen de algún planeta en específico,

o de alguna galaxia a la que pertenezcan, siempre tuve

entendido que son algo así como nómadas aventureros, que

gustan de capturar nueva información de cada mundo al

que van, en son de paz, claro.

Mi abuelo decía que son idénticos a nosotros, aunque

en algunas ocasiones más presentables. Él dijo haber

convivido con muchos, fue de su boca que sé todo acerca de

los S.S. Me contó – en uno de esos días en los que estaba

de buenas para platicar–, que los Sin Sombra se afiliaban

al ejército “humano” para aprender de la guerra, como

simples espectadores (mi abue comandó una tropa después

del Porfiriato y todo eso) y que a su vez, los militares

gozaban de las altas tecnologías que les traían de afuera

los S.S. Mi abuelo decía que habían luchado en tantas

guerras que él ya no estaba seguro si los que ganaban eran

humanos o los S.S. Así que en un principio, el contacto con

los seres extranjeros era meramente militar, pero se dice

que les gusto tanto la Tierra que a veces vienen de turistas,

a mirar una que otra maravilla mundial a la que no hayan

dedicado mucha atención en los milenios pasados.

Admito que la primera vez que mi abuelo me habló de

ellos ni le creí; viejo decrepito, se estaría volviendo loco en

el asilo, pensaba yo con ganas de no volver a verlo. Pero

eran tan convincentes sus historias y tan novedosos sus

cuentos, que terminé creyéndole más a él a lo que cualquier

revista de OVNIS pudiera aludir sobre los hombrecillos

verdes. Así que, después de algunas cortas anécdotas,

comencé a visitar a mi abuelo, cada sábado sin faltar, para

que siguiera hablándome sobre los misteriosos S.S. y de

algún otro detalle de su juventud.

– ¿Y por qué les dicen los “Sin Sombra”?¬ –le pregunté

curioso en una de nuestras sesiones.

Él simplemente se acomodó en su silla y con toda la voz de

la experiencia y el conocimiento, comenzó a explicar que

ese apodo lo tenían ya que en sus tierras natales carecían

de ese cuerpo oscuro que los siguiera a todos lados pues en

los lejanos lugares de espacio no hay un Sol que ilumine

algunas facciones y haga oscurecer a otras. Y al ser así,

cuando vienen a nuestro planeta, caminan y se mueven sin

una sombra que los acompañe, pues nunca tuvieron una.

– Eso es lo que los hace diferentes a nosotros, hijo –me dijo

al final–. Eso y que chasquean mucho la lengua –miró al

techo como recordando algo, haciendo ese sonido con la boca.

Dos años después de que me empezara a hablar sobre los

S.S. el abuelo murió. Creo que el haberse ido tan pronto y

el que yo creciera sin volver escuchar nunca más sobre esos

cuentos chinos, me hizo dejar de creerlos. Claro que ahora,

a los 17 años, esas cosas son niñerías y absurdas

tonterías. Pero bueno, al menos pude recabar buenos

recuerdos del abuelo, aunque sean muy bizarros…

Esta mañana volví a ver a Marcie Anna, una chica que conocí

en una reunión escolar, que viene de un país extranjero y

con la que llevo saliendo un mes. Creo que pronto podríamos

pasar a algo interesante. Fuimos a comer a Polanco y la

acompañé a casa, se detuvo frente a la puerta de entrada

y me dio un beso que me mandó directo al espacio sideral.

-Te veo mañana- susurró con el tono y acento de un Español

apenas aprendido, y acto seguido tronó la lengua de forma

graciosa, costumbre quizá de su nación.

La despedí en la puerta y regresé a mi camino hacia el metro.


De pronto, pensé en mi abuelo. Es de esos pensamientos que

te vienen de pronto, sin mucho sentido y que se te meten al

cerebro como si fueran importantes. No le presté atención

a la imagen del viejo, sentado en su silla de costumbre

junto a la ventana, tomándose agüita de arroz mientras me

hablaba de cuentos e historias del espacio...

Salí del metro y del andén, subiendo las escaleras. Mi

sombra se alargó al frente cuando salí de la estación y el

sol me golpeó la espalda. Mi yo oscuro se extendió, como

un gemelo larguirucho al que tampoco debería prestar

atención. Nadie presta atención a su sombra. Menos a la

de su novia extranjera. Porque Marcie Anna tenía una

sombra, ¿cierto? Con tantas cosas buenas que ver en ella y

en su cuerpo esbelto, a quién le importa una sombra...

Y a quién le importa el cuento loco de un abuelo que hablaba

de extraterrestres como si fueran tan reales como

las guerras en las que peleó.

No me moví de mi lugar, mientras la gente pasaba a mis costados.


La sombra debajo de mí se quedó allí como recordándome

de dónde vengo y de qué planeta soy. Chasqué la lengua

junto a mi mejilla, averiguando. Era el mismo sonido que

ella había hecho, ¿cierto?

Alcé los ojos al cielo como si recordara al abuelo, haciéndolo

para mí, como una demostración y prueba de su historia

sobre los S.S. ¿Cómo había sonado? ¿Cómo fluía su sombra

a la luz de la ventana? Tenía sombra... Sí. No lo recuerdo.

De esos detalles, ¿quién se acuerda? ¿Quién presta atención

siquiera a los abuelos hoy en día?

Antes de las palabras / Guillermo García


Antes de las palabras éramos todo.

Formábamos parte del mundo,

de la naturaleza como creación perfecta.

El caos llegó a nosotros junto con las palabras…

Pájaros cantando, el sonido del aire

y las hojas de los árboles en movimiento,

el olor de la tierra húmeda, la tranquilidad del hogar.

Éramos la naturaleza,

manteníamos un equilibrio natural no pensado.

Contemplábamos, no criticábamos.

Recorríamos el mundo en busca de comida

y un lugar donde refugiarnos del frío,

la lluvia o el sol.

No en busca de petróleo,

oro o tierras que conquistar.

Escuchábamos al viento,

al río, al mar, al canto de las aves

y el murmullo de los bosques.

Aprendíamos de la madre tierra,

de la organización de las hormigas,

del cambio que sufren las orugas o las águilas.

No a la caja de pandora que muestra la decadencia del hombre,

la venganza, el odio, el fanatismo, el ruido, o la violencia.

Antes de las palabras no había pensamiento,

no se perturbaba el hombre.

No dividía, no separaba,

pero con ello vendría

el conocimiento de las cosas,

del mundo.

Las palabras le dieron una identidad a todas las cosas,

animales y lo que hay en la naturaleza.

Identidad que sólo le sirve al hombre

para sentirse superior al resto de la creación.

Se le dio un nombre a cada elemento del mundo,

se le conoció y después se le olvidó.

Sólo quedó el nombre en la mente, una idea, un juicio.

Las palabras dieron vida a nuevas palabras,

y se nombraron las pasiones, la maldad,

la bondad, los vicios, las virtudes;

surgió el pensamiento.

Unos descubrieron que se podía volar con las ideas

y otros decidieron que se podía destruir con las mismas.

Su comportamiento fue peor que los animales más salvajes.

Mataron más de lo que se podían comer,

acumularon más de lo que podían aprovechar,

sometían a sus semejantes y destruyeron la naturaleza.

Antes de las palabras…

El canto de la vida,

después palabras bonitas que simulaban el canto…

Después la desesperación, la frustración,

el miedo, el odio, el grito…

La soledad, el abandono,

el silencio… después…

Antes de las palabras…

Lucas Alamán. Un aristócrata novohispano frente al movimiento insurgente / Joel Eliasib López Velasco

 Lucas Alamán: Un aristócrata novohispano frente al movimiento insurgente Joel Eliasib López Velasco En la próspera y “muy noble y leal ciudad de Santa Fe y Real de Minas de Guanajuato nació un 18 de octubre de 1792 Lucas Alamán Escalada. Sus padres, don Juan Vicente Alaman y doña María Ignacia Escalada pertenecían a la clase más distinguida de la ciudad, sin embargo, era la madre de Lucas quien provenía de un linaje aristocrático y de renombre, siendo esto el gran orgullo del pensador y estadista mexicano por el resto de su vida. Lucas Alamán no solo pertenecía a una distinguida familia, su ciudad natal era sin duda alguna, una de las más prósperas y ricas de todo el imperio español. Inmerso en este entorno de bonanza y alcurnia, el joven Alamán comenzaría a forjar su visión del mundo y posteriormente de su proyecto para un México independiente. Con respecto a su educación, ningún novohispano podía aspirar a algo mejor. Formado bajo los cánones de su jerarquía social su instrucción comprendió todos los aspectos que componían a un caballero criollo (Young, 2021). La fortuna del joven aristócrata parecía inmejorable, al igual que su patría, el Virreinato de la Nueva España, su futuro suponía fortuna y prosperidad. Sin embargo, una ominosa tormenta se agolpaba en el horizonte que cambiaría el destino de ambos. La madrugada del 15 de septiembre de 1810, un cura del pueblo de Dolores, Guanajuato, desencadenó una serie de eventos que desgarraría el mundo de Alamán. Con el estandarte de la Virgen de Guadalupe y el clamor por justicia ante un “mal gobierno” lideró a una enardecida muchedumbre que exigía retribución. Este párroco, llamado Miguel Hidalgo y Costilla e inmortalizado en las páginas de la historia mexicana junto con los militares Ignacio Allende y Juan Aldama lideraron a esa turba hambrienta de libertad que se fortalecía en número con cada pueblo y villa que pasaban. Si el movimiento había de consolidarse, era urgente conseguir recursos y los dirigentes ya habían identificado las arcas que servirían a su causa, la próspera ciudad de Guanajuato. Los eventos que ocurrirían entre el 26 y e l 28 de septiembre de 1810 en la más rica urbe del virreinato marcarían el rumbo del primer movimiento independentista y su desenlace así como la postura de Alamán frente a ella. La historia oficial ha adornado la toma de Guanajuato por las fuerzas de Hidalgo y Allende con loores de victoria y gloria a través de la épica de “El Pípila'' y la toma de la Alhóndiga de Granaditas. Sin embargo, los ojos de un joven criollo de dieciséis años atestiguaron eventos muy diferentes que distaron de ser gloriosos y heroicos. Alamán sufrió la toma de su ciudad y el saqueó y destrucción de su hogar y la muerte de sus mentores, amigos y seres amados. La joya del virreinato padeció una tormenta de fuego, ira y sangre. Alamán jamás olvidó ni perdonó a los insurgentes por lo ocurrido en Guanajuato y culpó a Hidalgo como el único responsable de las atrocidades y violaciones cometidas (Young, 2021). Para él, la Insurgencia representaría el caos, la destrucción y el horror, sería el final del próspero, digno y ordenado mundo aristocrático criollo. Lucas Alamán fue un hombre de su tiempo, un aristócrata formado por los viejos códigos de la nobleza española. Su identidad estaba entrelazada con la del virreinato novohispano, era un criollo, un americano, un patriota. Su amor por su tierra y su legado quedó plasmado en sus escritos. Pues mientras él era partidario de la justicia y la libertad se opuso a la violencia y la anarquía. Para Alamán, Hidalgo y su movimiento solo trajo a Nueva España dolor y violencia, por eso se opuso y lo denunció con tanto fervor. La tragedia de Lucas Alamán fue que su mundo y su identidad pertenecían a una época que había llegado a su fin. Este sucumbió en medio de la tormenta de llamas y sangre que arrasó, su amada y bella ciudad de Guanajuato.