
Que no nos devore la consciencia
que no nos atrape nunca la sobriedad
para no caer de las estrellas
a mutilar el abismo
con el filo diamante de la voluntad
anónima y obscena
trágica y distraída.
Hermoso Ángel de la muerte
medianoche eterna
serenata roja a la luz de la luna.
Tú que eres Santa y abogada
del pirata y del poeta
del rey, de la prostituta;
que intercedes por nosotros los pecadores
en éste infierno.
¡Líbranos del vulgo
perdona nuestros derroches
aviva nuestra locura!
¡Líbranos, oh Señora
de la nostalgia vacía
del motín sin sangre
del poema sin amor!
¡Danos hoy el beso
que humedece el sueño!
¡Déjanos violar la tentación
y líbranos, oh Santa Madre
de tu divina hoz!
Siempre que sueño que muero, es porque alguien me mata. No
hay nadie conocido alrededor. Y siempre usan un cuchillo.
Nunca pistolas, ni cuerdas, ni golpes, nada más. Cuchillos. El
primero que tengo en mi armario de sueños ocurrió en la primera
casa donde viví. Me refiero al sueño, porque en ese entonces,
mi hermana y yo vivíamos en otra casa con mi madre, y ya incluso
había entrado ya a la Prepa.
En el sueño... Estaba yo sola, buscando a mis papás. Tenía el
uniforme de la primera secundaria a la que asistí: Blusa polo
con cuello y filos en las mangas de color café, falda de tablones
de tela escolar color caqui. Era la tarde, muy cerca del anochecer.
Entré por la puerta, hacia la sala, llamándolos. Tenía que
decirles algo o ellos a mí. No recuerdo quién debía decir qué a
quién, pero sé que había algo para decirse.
De pronto, del pasillo que llevaba a las recámaras, apareció
una persona. Un hombre. Joven. Jamás en mi vida lo había
visto y jamás en mi vida lo volví a ver. Pero me sonrió, familiar,
amable. Como si nos conociéramos de años y pudiera sentirme
confiada con él allí. En ese entonces, yo tenía como 15 años,
dentro y fuera del sueño. La idea de ver a un muchacho alto,
guapo, de cabello castaño y desaliñado, parecía inofensiva,
como de película romántica... Especialmente sonriéndome así.
La búsqueda por mis papás quedó en el olvido, porque él se
quedó en medio del umbral que separaba sala de los otros cuartos,
para abrir sus brazos y esperar por mí. Sin dudarlo, yo
corrí para meterme ahí dentro. Sus brazos me envolvieron. La
cabeza me quedó a la altura de su pecho, olía a colonia fresca,
su mentón encima de mi cabeza. Sin una palabra, nos quedamos
así por largo tiempo.
Entonces, nos vimos a los ojos. Su mirada no tenía color, pero
era tan tranquila que me hipnotizó. Literalmente. Porque no
pude mover más la cabeza, ni el resto del cuerpo, sólo con la
vista fija en su gesto amable, sintiendo el punzón de un objeto
atravesando la parte alta de mi vientre, cerca del lado izquierdo.
Como una película en la que eres capaz de ver más de un
cuadro y no sólo lo que el protagonista vería, yo podía ver el cuchillo
de cocina entrando suave y lento, como tomándose tiempo,
para quedarse allí metido, la mancha roja oscureciendo mi
blusa blanca de uniforme, mi cuerpo petrificado, ni tembloroso,
ni angustiado, ni doloroso. Pero la sensación del objeto traspasando
ropa, piel y órganos, la calidez de la sangre, eran claras.
Hasta pude sentir el calor mojando mis zapatos negros que usaba
en la secundaria. Y mientras veía todas las imágenes en mi
cabeza, veía al mismo tiempo su rostro tranquilo.
Él jamás dejó de sonreír. Ni siquiera sentí decepción, ni tristeza,
ni enojo. Me mató con una sonrisa. Y yo lo dejé hacerlo, con
otra igual de grande en la cara.
Entonces desperté.
Cuántas veces morimos
Yo ya cuento decenas
Una más dolorosa que la anterior
Morimos cada vez
Que alguien que lleva
Una parte de nosotros se va
Nos complementamos unos a otros
Y al final somos partículas de los demás
Que se esparcen
El último paso es dejar
Este plano de existencia
Para hacer morir un poco
A los nuestros
Entre nubes grises, olores a flores y vientos helados me despidieron
Mi cuerpo aún tenía vida pero mi alma había volado
Escuché a lo lejos algunos lamentos,
Observé ojos lluviosos
Y la tristeza en el rostro de los que me amaron
Había cánticos y oraciones
Bullicio y movimiento, pero cuando entraba el silencio, lo sacudía
todo...
Recuerdos a flote
Sopresa y desconsuelo
Aroma a café
Coronas con expresiones de amor
Música para despedirme.
Poco a poco empecé a dormir
Dejé de escuchar y entre en plenitud
Todo se desvanecía lentamente
Mis sentidos se estaban llendo
El camino a la eternidad abría sus puertas para mí.
Las oraciones y las luces eran lo único que me acompañaba a
emprender ese viaje, ese al que me tocaba morar sola.
Había llegado mi momento
Se había ido todo
Fue como si renaciera y me tuviera que encontrar conmigo misma.
A pesar de la soledad, me sentía observada
Como si en todo momento alguien fuera junto conmigo
Mis pies sentían el pasto en la oscuridad
Mi túnica era transparente y larga
Fue extraño pero no tenía miedo
Las nubes grises me llevaban junto a la Luna
Caminé, caminé, caminé sin encontrar un fin
Hasta que me dormí debajo de un árbol.
Una paz inigualable me acariciaba
Me hacía sentir gozo
El aire iba y venía
Acariciaba mis mejillas...
¡Levántate! Después de mucho tiempo, escuché en mis oídos.
Era una voz dulce y suave
Acompañada del sonido de un arpa
Lentamente abrí mis ojos y mi cielo seguía gris
Las estrellas estaban más cerca
Las contemplé como nunca antes
Con un brillo maravilloso y resplandeciente.
Me puse de pie y seguí la luz que se reflejaba en el suelo de mis
pies descalzos
Sabía que mi camino era aún largo.
Todo era extraño, pero nunca tuve miedo
Sabía que tenía que seguir
Ni siquiera sentía sed
Solo una enorme necesidad de llegar al final.
Ahí estaba yo, sin nada material
Sin nadie de mi mano
Sin mi familia
Como si nada me faltara y lo tuviera todo.
Llegué a un lugar de muchas puertas, con la incertidumbre de
no saber por dónde ir, o cuál abrir.
Me detuve. Dudé. No supe qué hacer.
El cielo me regaló un mensaje:
Me proyectó la película de mi vida.
Regresar el tiempo fue un regalo
Fue un momento de contemplación y meditación.
Habían pasado horas pero yo no entendía, las puertas seguían
cerradas.
No entendía la señal
Seguía sola, sin saber qué hacer.
Decidí sentarme
Me ví en la necesidad de hablar
Recé aquellas plegarias que me enseñaron cuando era apenas
una niña
Pedí
Di gracias y cerré mis ojos.
Lentamente sentí un fuego a mi alrededor
Mi cuerpo nuevamente
Compañía cerca de mí
Voces angelicales
Presencias
Me sentía sorprendida sin poder abrir mis ojos.
Eran ellos
Habían llegado
Mis guías y mis ancestros
Mis mentores
A los que tanto añoré volver a ver y abrazar.
Empezaron a cantar
A generar mucha luz
A llenarme de gozo y alegría
Me abrazaban
Pude sentir su amor
Su bienvenida
Su acompañamiento.
Finalmente me pude parar
Observar el manto celestial junto a mí
Mi espíritu junto al de todos ellos
Mi alma liberada
Era yo
Morir había sido maravilloso
Terminaba mi ciclo en la tierra, pero renacía en la eternidad.
Entonces te conocí, amada muerte
Finalmente tú eras un descanso
Eras el inicio de mi infinita felicidad
El reflejo toda la gratitud que nunca antes había sentido.
Morir fue maravilloso, porque si fue solo un sueño, no quisiera
despertar.
Me reconozco vivo aún después de la muerte.