Expresión Libre

domingo, 1 de septiembre de 2013

Espacio I


Alejandro Farías

La ciudad tras el cristal

es esa mancha borrosa que farfulla silente,

tropezándose inconsolable.

Pasmo suspendido que se traga la lengua,

vaivén enramado con el agua al cuello.

La ciudad tras el vaho,

es la húmeda voz que nos arranca del exilio,

el río estático que ajado y rutilante

resplandece.

La ciudad es agua que vigila la furia dormida:

patíbulo nacarado que se encoge de hombros,

enredadera del sueño,

sangre que no se detiene,

sombra arbórea,

áureo desencanto.

La ciudad es el murmullo del viento,

el canto de la nube,

el salto del trapecista,

la trompeta en el tren.

La ciudad es malabarista.

La ciudad es resistencia y olvido.

Ablandando los puentes

me vengo indolente:

bailando la muerte,

atenazando los mares.

Bolo contra las sombras


Jesús Alfonso Silva Iñigues

Bolo, bolo, bolillo era un perro que con sus pocos meses de vida pasaba mucho tiempo solo. Su única visita en el día era la suegra de su dueña y el hermano loco de su papá adoptivo. No se caracterizaba por ser un perro ruidoso pero cuando jugabas con él era incansable. Sus energías las gastaba jugando con sus muñecos, que eran unos peluches muy afelpados eran a su vez sus amigos y sus rumis.  El hermano loco de su papá postizo  había notado comportamientos extraños en el perro, notó por ejemplo que bolo o bolillo como lo nombraban de cariño, tenía la costumbre de arrimarles comida a sus peluches. Este pensamiento conmocionó al hermano loco de su papá pues le recordaba sus tiempos en el psiquiátrico donde obtuvo el bien ganado mote de Siquistriquis de un paciente conocido como Satanás. A pesar de sus comportamientos  peculiares bolo no era un animal raro al contrarío era un cachorro que entraba dentro de las convenciones, con la salvedad de que fue muy enfermizo cuando contaba con solo unos días de vida.

El pequeño Bolillo casi no la cuenta  en sus primeros días, pero gracias a las atenciones médicas se logró recuperar, no obstante se hizo un poco nervioso. En una de las visitas que hacía Siquistriquis a Bolo para verificar si tenía comida y jugar un poco con él, observo que el pequeño can no le saltaba encima, pero el continuo fumando un cigarro que era parte del ritual de la visita al Bolillo al que a él le gustaba decirle Cañas con el disgusto de su papá postizo. Todo parecía normal hasta que el perro empezó a ladrarle con mucha insistencia a algo que el Siquistriquis no pudo ver, en eso momento pensó el desconcertado paranoico en todos los relatos de terror que conocía, pensó en El Horla de Guy de Maupassant, y su monstruo que nunca se sabe si es un ser producto de la imaginación del protagonista o un ser invisible que atormente al pobre personaje, recordó tantos y tantos leyendas de aparecidos como el de la moja número 31, pensó en los seres terribles de la mitología de Lovecraft, pero siguió fumando, incluso le llegó a la memoria una muy mala película que vio de poseídos en la que más que poseídos parecían zombis por la facilidad con la que los demonios pasaban de un cuerpo a otro, al final lo primero que hizo fue llamarle la atención al perro.

•         Cállate Bolo.

Y le dio otra fumada al cigarro.

•          A que le ladras Cañas.

Mendigo perro loco -pensó- y apagó el cigarro. Siguió con el pensamiento pensando a que le ladraba el perro. Por fin se acerco a él e hizo que lo siguiera. Ya sentado en una silla junto a las escaleras, frente al cuarto donde vivía el pequeño french puddle con sus padres humanos, reflexionó en que a lo que le ladraba el perro con tanta vehemencia era a las sombras. Riendo mientras acariciaba al cachorro le pareció tan clara la situación pues el enemigo más grande del Bolo, Bolillo, Volován, eran las sombras.

Ummagumma


José de Jesús Ruvalcaba Pérez

“Este juego es infinito”

 Borges

 

Rectángulos, rectángulos, rectángulos apenas vistos por el rectángulo de la ventana, lanzados atrás por el avance del camión.  La monotonía de las casas repetida en su simetría abrumadora, pasando de largo sin dejar espacio para la diferencia o la memoria; y en todas ellas los rectángulos de las puertas, de las ventanas. Los rostros asomados también parecen rectángulos: sonríen, si sonríen, rectangularmente; lloran, si lloran, rectangularmente.

    Iba como diario en la ruta de camión acostumbrada por las calles de siempre; con el tráfico acostumbrado, aunque uno nunca se acostumbre; con ese tipo de gente cansada del día como todos los días ; mirando las casas iguales, los bares acostumbrados a los mismos borrachos; claro que con las variantes de costumbre: los borrachos con los vasos llenos de angustia un día y otro llenos de alegría sinsentido; algunos rostros distintos; un chófer más bruto que el anterior. Para qué abundar en variantes insignificantes.

    No sé si habrá sido la monotonía de mi viaje cotidiano de vuelta a casa lo que me impulsó a poner en aleatorio el reproductor de música o si habrá sido alguna otra cosa, me inclino a pensar que fue el deseo de sorpresa lo que me decidió a oír canciones al azar y no un disco entero y previsible, una sucesión de sensaciones acomodadas en el orden correcto deseado. No  me importa, en realidad, saber que me hizo desear salir de mis enraizadas costumbres musicales. Lo importante es: oía alguna canción de Pink Floyd mientras miraba por la ventana del 231 en algún punto de Revolución cercano a la Olímpica.

    Lo que vi (porque ya es hora de decirlo, de dejar unas nimiedades de lado para tomar el otro lado de lo mismo). Lo que vi, decía, fue a un león enjaulado en la parte trasera de una pequeña camioneta, lo primero que noté fueron sus patas delanteras temblando, como si apenas pudiera mantenerse en pie. Miré a otro lado evitando el dolor ajeno y lo único que hallé fue a los demás pasajeros observando a la bestia con una sonrisa incomprensible. La curiosidad me obligó a mirar de nuevo y entonces supe porqué temblaban sus patas: el león estaba de aguilita, haciendo un descomunal esfuerzo por defecar, después de algún tiempo de sufrimiento, de obra titánica, cayó al suelo una bola amarilla, más propia de un chivo que de un león. La frase de un anuncio de comida para perros viene inevitablemente a mi mente ahora que escribo:“heces firmes”, tan firmes que el león no pudo evitar temblar del dolor. Era para llorar. Nada más devastador que ver a un ser admirable defecar, no hay momento más vulnerable e intimo como ese y la exhibición de tal hecho tan obvio y sencillo es un acto atroz. El rey enjaulado, sometido a sus intestinos como cualquier vulgar: insoportable. Al león recluido, domado, enfermo, lo admito, ¿pero humillado y exhibido en su mayor intimidad? Una cosa es saberlo y no pensar en ello y otra verlo.

    Lo mejor fue desviar la vista un poco, quizá viendo su rostro encontrara algo distinto a la humillación, esa exhibición cruel. Miré el rostro de la fiera humillada, reducida a gato y no encontré nada que lo redignificara, sólo me topé con el curioso azar que sonorizaba  la mirada del león: sus ojos parecían cantar los versos de la canción que había seguido a la de Pink Floyd “que lejos estoy del suelo en que he nacido/inmensa nostalgia invade mi pensamiento/y al verme tan solo y triste cual hoja al viento/quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento”

    El camión avanzó, el león quedó atrás y al ver a un costado de la camioneta escrito: “Circo de Argentina”, recordé un cuento de Borges acerca de un tigre enjaulado mirado por Dante, revelaciones del sentido de la vida en sueños y el despertar con una frase repetida dos veces con una pequeña variante: “porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres”.

    Y yo ya no puedo evitar pensar en Borges mirando a un tigre en  las mismas condiciones atroces en que vi hoy al león, no puedo sacarme la idea de Borges pensando en la triste desgracia de la vida de ese tigre y poniéndolo después en un cuento, inmortalizándolo, dignificando la humillación, otorgándole su justo lugar en la “trama del universo” al imaginar que alguna vez Dante vio a otro tigre enjaulado y lo convirtió en “una palabra en el poema”.

    Y tampoco  puedo dejar de pensar en Borges, de aguilita en medio de la pampa infinita, estreñido bajo el sol: porque la maquinaria intestinal es harto simple e implacable hasta para el culo de Borges.

 

VECES



Edmé García

Tu ausencia, como tú,

no es infinita y a veces te tengo,

a punto de irte o venirte, jamás definitivo.

 

Veces yo tanteo tus ojos y tú tanteas mis labios,

Con nuestros tactos, verticales, que nomás no coinciden.

Veces temblamos, enredados, hora noche a hora día,

Con mis labios, horizontales, te pregunto sutilmente…

¡Por qué no se rompe mi sed de tu aliento!

 

No he sabido romper la seda de tu aliento.

 

Tu ausencia, como tú,

no es infinita y a veces te tengo,

pero el tráfico despierta,

y solo tu nombre detiene la distancia.

 


 

REMINISCENCIA

Nancy Alvarez


Detrás de qué neurona te guardé alguna vez,
Entre las electrificantes dendritas que te mandaron a mi torrente
Y, ahora, cómo es posible olvidarte
Si te posaste en cada célula blanca y roja.
Blanca lunar de seda en tu piel mojada,
Roja y sincera la apertura de tu voz…
¿Qué parte de ti olvidaste entre mis venas?
¿Qué jugoso vestigio anidaste en mi memoria?
¿Con qué sólido hilván bordaste mi corazón
Que en punto de cruz se estremece al pensar en ti…?
Y yo que pensé que había tirado tus cenizas,
Después de todo, para qué habrían de servirme.
Tú, el sin nombre, el todos y el nadie,
¡Vuélvete ante mis ojos y márchate de una vez!
Llévate mi sangre y mi voz, tus residuos de amor
Desbordados entre mis piernas y, si es posible,
llévame contigo, Amor.