Expresión Libre

martes, 10 de septiembre de 2013

CUANDO ME FUI.



Rocío Romero Méndez.

 

     El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma.

                                                                  Aldous Huxley

 

Mucho antes de irme del pueblo, una noche cualquiera, nos encontrábamos recostados en la cama de mi habitación cobijados bajo la misma manta de algodón mientras una tenue luz entraba desde la ventana.

Viéndonos frente a frente fui la primera en hablar y le dije que era imposible que fuese conmigo ésta vez. Para que no sufriera comencé a explicarle que no quería que fuéramos juntos a la ciudad  porque de ser así no podría hacer todas las cosas que había planeado y mucho menos conseguir todo lo que yo quería para mi futuro así que lo mejor para ambos sería que él se quedara con todos los demás en el pueblo ya que de cualquier manera no me haría falta.

Cuando termine de hablar no dijo ni una sola palabra, solo se quedo mirándome con los brazos cruzados sobre su pecho tratando de comprender la situación pero se notaba que estaba herido y después de un instante en silencio, salió por la ventana con el viento y por semanas no volví a sentirlo ni a verlo.

Paso un mes y llegó el día de mi partida. Me sentí feliz de dejarlo atrás, al fin era libre, capaz de hacerlo todo, sentí que era indestructible y cuando recién llegué a mi destino comencé por hacer lo necesario para llevar a cabo mis planes sin detenerme a extrañarlo ni a pensar para nada en aquella noche en la que lo vi por última vez.

El tiempo transcurrió como de costumbre y no supe nada de él por meses, incluso creí ingenuamente que no volvería jamás hasta que un día, mientras me encontraba perdida en algún lugar desconocido, note su peculiar aroma e inmediatamente un escalofrío recorrió por completo mi cuerpo. Mire alrededor tratando de buscar su figura entre la gente que transitaba por la ruidosa calle pero no había señales de él por ninguna parte.

Rápidamente comencé a avanzar intentando buscar un sitio seguro donde esconderme pero era demasiado tarde, me había encontrado sin esfuerzo alguno a pesar de que jamás le dije a donde iría. Antes de que pudiera reaccionar me ataco de frente tomándome por la muñeca y me arrastro hasta un sitio apartado del bullicio en donde nadie pudiera vernos.

A pesar de mis intentos por soltarme no pude hacerlo, quise pedir ayuda pero parecía que mi boca no emitía sonido alguno, quise correr pero no podía moverme y fue así como el miedo volvió a mí luego de tanto esfuerzo por dejarlo atrás, luego de tanto empeño por comenzar una vida nueva ya sin él, ahora me había vuelto a poseer y no dejaba que me moviera.

 Mi miedo me congelo, vendando mis ojos y mi boca, llenando mi cerebro con temor por las cosas que aun no sucedían, dándome inseguridad, aprisionándome dentro de un mundo relativamente seguro pero muy pequeño y vacío, predecible, confortable pero lleno de temores.

Comencé por gritar y pedir ayuda. Al principio la mayoría de las personas solo me miraron sin hacer nada pero al cabo de un rato salió de entre la multitud de curiosos alguien que llegó a mi rescate. A pesar de eso todavía faltaba la parte más difícil, aprender a enfrentarme al miedo yo sola, con mis propias armas, con mis propios métodos, con mi propia fuerza y fue lo que más trabajo me costó, es lo que más trabajo me cuesta hasta la fecha.

Hay días que al caminar por la calle o cuando tengo que tomar alguna decisión se aparece. A veces lo veo, otras veces solo siento su presencia pero intento ignorarlo. Odia que yo haga eso, pero tengo que aceptar que en ocasiones intento hacerle caso sobre todo porque sé que hay cosas de las que me previene.

Aprendí a vivir con él, siempre va detrás de mí caminando precavido pero ya no intenta detenerme mientras avanzó, mucho menos controlar mi vida. De cuando en cuando me detiene pero también de cuando en cuando lo venzo y sigo igual que siempre. Es parte de mi vida y no puedo dejarlo ir, pero es seguro que tengo que superarlo a la hora de reaccionar para que no me inmovilice, para que no me convierta en un ser temeroso de vivir.

Carboncillo sobre papel


Engel Islas

 

El negro rondó mi cabeza muchas noches, como pesadilla, como cortina de funeraria. Me dije que no era malo, nada malo. Miré venir, del techo de mi cuarto, una negrura de muerte, de cementerio a media noche, y temí. Lloré lágrimas negras como carbón extraído de alguna mina colombiana. ¿Quién teme a la noche? ¿Quién?

            Madre me dijo, alguna vez, que la tumba era de carboncillo. Que un pintor desconocido dibujaba, con eso, con mi muerte, con la de ella, un destino jamás trazado o imaginado. Y cuando murió mi abuelo imaginé su cara negra, sus arrugas frías dibujadas en papel blanco, blanquísimo, con pequeños trazos oscuros, temibles. Luego, cuando mi padre tocó la caja de madera con su espalda y su cuerpo frío fue para mí un objeto, le miré como una fotografía, gris, desprotegida y a la intemperie, esperando ser destrozada por un viento gélido, horrible.

            Y ahora, ahora, ahora que la noche cae sobre mí como una espesa tierra de cementerio, como costal de arena fría, pienso en el carboncillo, en el papel, en la muerte, en esta tumba mía que no es de nadie. Recuerdo la frase de mi hermana burlona: “Cuando te mueras, tú serás el muerto”

Armisticio


Gene Jezabel

Siempre me cayeron mal los “tapos” en los juegos de correr y atrapar al otro. Quizás se debía a que me parece muy frustrante parar una actividad que te exige ánimo, agitación y adrenalina para hacerla bien y disfrutarla. Cortar de golpe la inspiración y el trote mientras “la traes”, además de darle tiempo al cuerpo para sentir el cansancio que antes ni notabas, da la sensación de que el juego es eso nada más: un juego.

 

Comprometerse con la actividad es no dejar que algo sea más poderoso que conseguir el resultado. La cosa no se debe parar antes de haber encantado a todos, antes de haber atrapado a los ladrones o antes de haber dejado a tus contrincantes con suficientes taches para volverte el mejor contador de pasos largos y cortos. Por eso, cada vez que algún cobarde paraba el juego para ir a hacer pis o abrocharse la agujeta, todo tomaba otro ritmo y la pausa bajaba definitivamente el volumen de las risas de antes. “Tapo” es restar importancia, es creerte más fuerte que la situación y no tomar en serio tu rol de salvador de ti y de todos tus amigos.

 

Entonces si se vale llenar de paréntesis el juego, también se debería valer pararlo para siempre, tener la oportunidad de cambiar las reglas o emigrar de bando; incluso hacer válida la existencia de un solo equipo, donde todos tuvieran encima la roña. Es algo así como olvidar el motivo por el que has dejado de hablar con alguien, como ya no saber ni por qué haces algo, simplemente seguir con lo mismo. Se pierde la credibilidad y el “Lobo, Lobito” se convierte en “niña, niñita”.

Que yo recuerde rompí todos los espejos.

 
 
 
Sergio Vidal Uribe González
 
 

 

¿Por qué te escondes? 

¿Por qué te escondes en el espejo, Alicia?

¿No ves que Narciso se ahogó?

¿Por qué te escondes de la realidad, Alicia?

Una realidad inconsciente

Realidad insípida

Realidad incolora

Realidad indecente

Realidad insignificante

Resiste, Alicia

Llena el vacío espiritual 

con poesía

con éxtasis

Llena el vacío espiritual

con sexo

pero no con amor

Sal, Alicia, allá afuera hay vida y sueños

Fue parte de mi sueño, pero también

es cierto que formo parte del tuyo

No mires la realidad, Alicia

¿No ves que Medusa se petrifico?

No huyas, a Blancanieves la mató el espejo 

egolatra de su madrastra

Busca, pues, en el espejo, reyes, caballeros, cartas parlantes

pero si encuentras un Aleph, dile, convéncelo de que te proteja.

No hay mundos felices, solo reflejos, y sombras, sombras perseguidoras, imitadoras

Alicia, ¡No te quedes ahí en el espejo!, por favor

vuelve a comenzar

¿Por qué mejor no me miras a mi? 

¿Por qué no prefieres mirar las estrellas?

Ellas para que veas, su único reflejo, son tus ojos.

Adiós anunciado.


Alejandra Torres de Moira.

 

La cabeza te da vueltas en una esférica danza de tortuosa adrenalina inyectada en los músculos traseros de los muslos, catástrofe, furia, maldición, deseos de la  nada, de gritar dejándote caer a una oscura habitación donde el sonido no tiene lugar. Aplastante realidad que te colma de deseos de sucumbir en un aleteo anticipado de retardadas conclusiones de muerte anhelada.

 

          Bajar del autobús de regreso a casa para desgarrarte la garganta en gemidos completos, sin tapujos o tormentos disfrazados, tumbarte en la acera de una gasolinera perdida en un abismo que tu mente creó al momento de colapsar las rodillas, raspar tus aún no sanadas heridas,  hundirte en las letras que forman “desgracia”  para después contemplar con la mirada vacía la calle repleta de autos y peatones que pasan sin observar…

 

Llegar a tu cama y esperar… esperar, y esta desdichada huesuda que no quiere llegar…

 

Sin razón eufórica das vueltas estrepitosas en sombras marchitadas por las tardes jamás reguardadas en la locura de la quinta curvatura de los ojos color miel que pertenecientes a tus glóbulos estallan en un inconsciente manto sin cordura, la duda que se desintegra en la praxis de tus anhelos, esos que se llevan junto al seno firme que se alza orgulloso y vanidoso, haciendo menos a la extensión de los suyos que llevas puestos tras ese vestido arrugado de ensoñaciones, maldecido por las pasiones que llevas entre ellas, húmedas, estilando deseos de sábanas enredadas en estrechas cinturas, en truncos nudos de extremidades perdidas entre amor y juicio nulo.

 

Y luego escuchas el resonar de mis pasos en el pabellón que da a tu cuarto, mis pies descalzos alzándose en una danza de perfecta resonancia, cultivando sueños desde antes de abordar el suelo que ciñe bajo tu torre lánguida, antes de tocar las intrépidas paredes que te tienen cautivo mis manos destrozan la desnudez que aqueja a tus mantos acuosos sin fondo ni sentido.

 

          Nuestras bendecidas pieles destrozadas por el paso de los años en tus ya cansados y suculentos hombros, se encuentran allí, allí se encuentran nuestras ganas, esas ganas que se han desvanecido por la espesura de tu terquedad y mi silencio, ese callar que se ha resuelto en un adiós que te robo el aliento, tu sagaz aliento jamás encontrado, nunca devuelto y siempre recordado como construcción benigna de cordura que se esconde en nuestra luna.

 

          Y hoy separas tu camino del mío en una intrínseca despedida que desgarrara tu alma en tiras de carne y hueso, corriendo entre ríos de incompletas vanidades, te quieros inconclusos y peleas repugnantes. Miras vuestra helada piel remarcada por la palidez de mi partida, soñando con el rubor de mis mejillas. Y has de amarme por siempre, condenado a seguir escalando por el oscuro recuerdo del pasado, dolido por la falta de mi silueta frente al mar y de mis curvas vacías en una colchoneta de memorias carcomidas. 

         

          Ahora que me obligas a marcharme a un mundo de vestidos y castillos, sueños y sabores, te has de quedar aquí frente al espejo, viendo los restos de tu cuerpo sin la esperanza de verme tras de ti, sin esperanzas de verme sonreír…

 

          Te suplico que ahora no preguntes, solo lee un adiós anunciado por la invisibilidad de una dama que decidiste dejar ir.